Luis Felipe Pérez: un escritor en la periferia
Este texto apareció publicado en la revista Ágora el mes de octubre.
El escritor Luis Felipe Pérez resultó ganador del Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández de Guanajuato.
Durante mis estudios universitario, hubo
un periodo del cual recuerdo poco o nada, y eso poco que puedo relatar lo sé de
oídas, a través de los testimonios ácidos y sinceros de terceras personas. La
mayoría son anécdotas ingratas, porque son escenas de la propia vida de las
cuales formé parte, fui testigo y actor, y sin embargo no recuerdo nada. Algo
similar podría decir de la ocasión en que conocí a Luis Felipe Pérez.
Tendríamos apenas tres años y, aunque existen fotografías que constatan de
manera irrefutable nuestra convivencia infantil, sólo tengo la certeza de que
lo conocí hasta que el azar de nuestras decisiones nos reunió veinte años más
tarde en la universidad. Y de ahí a decir que lo conozco realmente, me iría muy
a tientas, convencido de que a las personas no se les describe, o se les
describe a base de lecturas dilatadas.
El escritor Luis Felipe Pérez resultó ganador del Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández de Guanajuato.

No
obstante, guardo con mucha simpatía dos escenas que ocurrieron en
Aguascalientes y que, siendo sinceros, son apenas una memoria menor. Habíamos
ido a Aguascalientes en comitiva estudiantil para asuntos que poco importan ya.
Éramos cuatro o cinco y nos hospedábamos en un hotel muy cerca de la Plaza Patria.
La primer escena ocurrió en la casa de algún desconocido. Después de las
sesiones de trabajo estudiantil se nos propuso de ir a beber entre colegas. El
escritor pasó la noche conversando con una de las anfitrionas. Se servía un
mezcal barato y se fumaba a ritmo nervioso, y ahí, en esa hora más alta de la
noche, hubo como una especie de paréntesis entre ellos dos: el escritor miraba,
relajado en el sofá donde estaban, el rostro blanco de ella, su risilla
abierta, ella tenía una manía por inclinarse sobre sus piernas y dar unas
palmaditas infantiles. Los vi callar cuando se desgajó una canción de Sabina. En
algún momento se les podía ver a los dos lejanos, aislados, hundidos en una
espesa nube de música opaca.
La
forma en que el escritor se tiende sobre un sofá cuando está cómodo es muy
peculiar: suele cruzar la pierna y mirar desde atrás, tirando la cabeza hacia
un costado y quizá ni siquiera advierte de los hoyuelos que se le forman en las
mejillas. Pocas veces le vi así, tan nube-que-pasa, acostumbrado quizá como
estoy a escucharle desde su parapeto literario donde siempre está muy bien
armado.
La
segunda escena fue un par de días más
tarde, cuando antes de abandonar el hotel en que nos hospedábamos, los otros
miembros de la comitiva entraron a nuestra habitación y descubrieron a Luis
Felipe tendiendo la cama. ¿Tender la cama de un hotel antes de partir? La
acción le resultaba absurda a los otros que, individuos de un mundo ordenado y
construido sobre el noble deseo de no hacer lo que no es necesario hacer,
juzgaron inútil el hecho de tender una cama que una hipotética pero sin duda
altamente probable mucama tendería minutos más tarde. ¿Quién sabe si no hay ahí
una alegoría al trabajo literario? ¿Hacer la cama cuando todos han empacado y
esperan a la salida?
La
estancia en la Fundación para las Letras Mexicanas le ha permitido a Luis
Felipe entrar en el medio defeño y ampliar sus horizontes estéticos que, de
otro modo, en provincia se limitan dramáticamente. Pero su verdadero
aprendizaje ha sido más bien autónomo, a través de su blog www.biografolocal.blogspot.mx en donde desde hace años escribe con
ferviente regularidad. Ahí es donde el lector podrá conocer con mayor facilidad
la obra del autor, y podrá constatar el estilo intimista de sus textos. Sus
textos están llenos de conexiones a un bagaje impresionante: no es sólo la
influencia de Juan Goytisolo, de quien toma el título su obra premiada Señas de identidad. Detrás de su
gramática hay un dejo de Goytisolo: la obra con la que mereció la beca Jóvenes
Creadores de Guanajuato consiste en una serie de cartas en donde interpelar al
otro es la base de la construcción, tal como en Señas de identidad de Goytisolo hay un interlocutor que genera el
diálogo y el diálogo la trama. Lecturas compartidas, lecturas divergentes, a
Luis Felipe siempre le vinculo con escritores que a mí me derrotan. Ejemplo de
estas lecturas que confluyen en Luis Felipe son los poetas. Acaso una
influencia menos evidente y mucho más agradable, la lírica de sus frases mezcla
elementos populares como el baile y la jarana con una descripción más bien
dura, haciendo un contraste que vuelve violento lo popular: “Verde: musgoso y
húmedo y mojado y tibio y bajo la transpiración de las sonrisas beodas: miradas
perdidas y entumecidas gracias al silente y ciego cachondeo del tacto entre las
caderas y el vientre [...]madera gastada: bocetos de cuerpos desnudos: mil
historias de grupas y coños: quizás, quizás, quizás: botella verde de vino
tinto” Por citar un par de ejemplos: imposible encontrar un fragmento así en
otros escritores jóvenes, ni un Tryno Maldonado –cuya Teoría de las Catástrofes adolece de lo que Luis Felipe domina, a
saber, un vocabulario más sugerente y unos escenarios menos calculados y más
bohemios en su justa acepción-, ni la misma Nadia Villafuerte con los relatos
de ¿Te gusta el látex, cielo?, ni
Alejandra Maldonado con sus pobres lugares comunes de erotismo y sexo, ni Carlos
Velázquez con el Libro Vaquero cuyos
relatos se sostienen de un suspenso tan débil y de personajes irrelevantes. La
fortaleza de Luis Felipe es que está más allá de la nostalgia por el olor a
espíritu adolescente, y está más allá del duelo y la sangre del México actual.
Mucho más cerca de un Julian Barnes en The
sense of an ending (y aquí se podrá creer que exagero). Muy similar en
tesitura al cuento de Antoine Peluchet
de Michon. La escritura de Luis Felipe se olvida del mundo para recrearlo a
placer: conflictos que no lo son, memoria de cosas cuya trascendencia apenas se
indaga, confesiones que bien ocultan el pecado, terapia que busca sembrar su
patología, en fin, en el vértigo de narradores hipsters y de partidismo de
izquierda, la soledad de los sentimentalistas que pueblan los textos de Luis
Felipe es un oasis deleitoso. Aún está por descubrir el drama, pero a tientas
en un universo literario exhausto de actualidad, la tendencia a volver a su
pasado permite al lector abstraerse en el verbo, en eso que hay de aloe y aroma
cafetero en las descripciones del autor.
Recordaba
esa anécdota de tender la cama en un hotel de Aguascalientes y cómo el resto no
entendía y se retiraba, apurados por bajar al vestíbulo y partir a lo
siguiente. Luis Felipe es un autor que se deleita con permanecer atrás de la
comitiva, que se regodea en volver sobre lo que a otros les parece fútil. Dudo
mucho que su actitud antitética a muchas cosas sea lo verdaderamente
interesante en su escritura. Menos de vanguardia y mucho más retro, sus temas
son, en el mundo contemporáneo álgido y vibrante, una extravagancia. Luis
Felipe escribe desde una necesidad de definir, de volver al pasado para fijarlo
y así poder asimilarlo. Respetuoso de las formas, no lo es en su producción,
llena de frases abisales, que van hilando detalles, datos, nombres, objetos,
fechas, lugares, construyendo escenas de un solo acto cuyo drama radica en
acabar el relato, poner un punto final a una escritura que podría ir en
continuo hasta contarlo todo. Y aquí me retracto. Luis Felipe no pretende
contarlo todo: los relatos que cuenta no son narrados por azar. Nada más lejano
que un escritor autobiográfico. Aunque lo sea en la forma, en el fondo inventa
vidas filtradas bajo el prisma del ahora, y ese es el gran mérito del autor.
Quiero decir que su literatura está narrada por una voz muy consistente que
habla desde un presente difícil de establecer. Como si esa voz hubiera lo
vivido todo desde siempre. Como si este joven escritor fuera ese Henry James
septuagenario que mira su vida desde el escritorio. Justamente recuerdo un
texto de David Lodge en donde alude a la autobiografía de James, ese momento
apoteósico donde, al final de sus días, James observa: We work in the dark--we
do what we can--we give what we have. Our doubt is our passion and our
passion is our task. The
rest is the madness of art. (“Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo que podemos,
damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es
nuestra tarea. El resto es la locura del arte”).
En
esa obrita maestra de Lodge, ¡El autor,
el autor!, en alguna parte el personaje se maravilla por la invención de la
bicicleta: “¡Qué maravillosa invención era la bicicleta! Qué sencilla y sin
embargo qué ingeniosa. ¿Por qué la humanidad había tardado tanto en comprender
que, si se le imprimía cierto ímpetu, un ser humano podía equilibrarse sobre
dos ruedas durante un tiempo indefinido? El secreto residía en la combinación
entre ímpetu y equilibrio” Algo similar suelo experimentar al leer a Luis
Felipe, al encontrarlo y charlar con él. Detrás de las gafas, detrás de la voz
melódica, con su frenillo distintivo y con su peculiar “joder!” español, detrás
de ello, se advierte la simpleza de un mismo gesto: el escritor sin zozobra que
escribe que escribe, el ensayista que sin punto final ha cruzado la barrera de
la opinión argumentada y del diario biográfico de su blog hacia la invención
calibrada: ímpetu y equilibrio. Ímpetu al entregarse al presente y equilibrio
al recuperarlo. La frase de Henry James viene a la perfección: “Nuestra duda es
nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea.” Luis Felipe Pérez apenas
comienza, acaso lleno de dudas por el reconocimiento otorgado, pero convencido
de que esa duda es su pasión. Quizá, aún deba descifrar la locura de la que
puede hablar James, la locura que está en otra parte, más allá del yo, ailleurs.
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