24.1.12

Introducción - TLR-II

Seguramente lo que distingue al ser humano del resto de las especies es su capacidad de pensar, pero nuestra manera de pensar no ha sido siempre racional. Imaginemos a los primeros humanos, salvajes, huyendo hacia el interior de una cueva adonde corren para protegerse del frío, de las bestias, del peligro del mundo exterior. ¿Cuáles fueron las primeras "palabras" pronunciadas? ¿De qué trató la primera conversación, el primer diálogo entre humanos?

En la naturaleza, los elementos todos parecen intercambiar algo: el movimiento, la velocidad, la calma. Ante los ojos humanos que por vez primera vieron y "pensaron", la naturaleza debió estar llena de misterio: el flujo del agua, el crecimiento de las plantas, la ferocidad del rayo. Según Valdivia "En la naturaleza hay una comunicación tan intensa[...] habrá quien desprecie los lenguajes de la naturaleza, debido a que los ignora."(1)

Las primeras formas de aprehender el mundo, las más antiguas, son aquellas que aún hoy existen entre nosotros y que exigen de nosotros una devoción muy peculiar. La necesidad de entender el mundo y la necesidad de compartir el tiempo con los semejantes está en el origen de la adoración por la naturaleza y de la celebración colectiva. En primer lugar, la religión; en segundo lugar, el arte y la fiesta. Mucho antes que las pinturas más antiguas, sabemos que los hombres primitivos se reunían y se enterraban. Esto parece poca cosa, pero en realidad ha sido el origen de la cultura. Los primeros dioses han sido representaciones que el hombre ha hecho para explicarse el por qué de la naturaleza: ¿por qué el sol? ¿por qué la lluvia? ¿por qué la muerte? Para celebrar o adorar, los primeros humanos se reunían para cantar, bailar u orar.

El pensamiento mitológico -que trata de explicar la realidad de forma simbólica- reune en un mismo acto (el rito) la expresión oral, la música, la danza y la religiosidad. Por los primeros rastros de civilización humana, sabemos que el hombre ha nacido creyendo en algo trascendente, superior. Algo que no se limita a creer en los dioses. Nace creyendo que todo tiene un sentido misterioso y ese sentido se puede adorar, explicar y compartir. Pero ¿cómo compartir la adrenalina que siente un hombre al cruzar la montaña en medio de la tormenta? ¿cómo compartir el fuego interno del alma? El gran poder humano es la capacidad de traducir la realidad a un lenguaje humano. Y esa capacidad se ha desarrollado en gran medida bajo la forma de lo que llamamos "arte". Si miramos las pinturas rupestres de la cueva de Altamira vemos en ellas al grupo cazando su alimento. Pero también somos capaces de descubrir en esos trazos primitivos la emoción de la caza, del peligro, la superioridad del hombre sobre su presa, la unión del grupo. La poesía no es diferente: para comunicarse con la naturaleza o con los dioses, para dejar un rastro de existencia a través de las generaciones, la poesía ha servido como el lenguaje más sensible, misterioso y exacto.

Animal inconforme, el ser humano no está contento con el lenguaje que ya ha creado y quiere inventar otro lenguaje: no basta explicar la realidad ni tampoco es suficiente preguntarle a dios; también es necesario crear. Buscamos, como en el mito de Prometeo, el fuego. No conformes con nombrar la "llama" del fuego, el hombre inventa "la llama que nace bajo la mente del que sueña" (2) Más que un lenguaje bello, la poesía es un lenguaje de otro mundo: "Tal es el referente de la poesía: lo que no se ve ni se piensa sino que se siente y se imagina". (3) Al igual que la religión, el arte necesita de la creencia en el poder de las palabras. Desde luego, habrá quienes sean ateos.

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1. Valdivia, Benjamín. Indagación de lo poético, Conaculta, México, 2001, p. 9.
2. Paz, Octavio. "El cántaro roto" en Obra poética, FCE, México, 1994, p. 302
3. Valdivia, Benjamín. op. cit. p. 14.